“Nos educan para esperar a un marido que lo resolverá todo. Error”

11 Febrero 2015 22:51

La paridad en el hogar: Participación

"Estoy casada...". Dice ella como presentación y después se calla. La expresión de su rostro se vuelve sería, impenetrable. Con la mirada fija en el suelo, dice con voz débil: "De eso, hace mucho tiempo".

Eleva la vista de nuevo, mira fijamente y dice: "de hecho, soy viuda desde hace 11 años. Pero también soy activista por los derechos humanos... o quizás eso sea mucho decir, trabajo para el desarrollo en el mundo asociativo de Butembo, mi ciudad, y ayudo sobre todo a las mujeres. Esta soy yo, la que está ahí, de pie".

Alphonsine Kamadu tiene 50 años y la sonrisa de una chica joven. Se ríe mientras cuenta historias sin parar, historias de otros, de su pueblo y bromas. Pero cuando se trata de hablar de sí misma, se crispa, duda al principio, aunque una vez que comienza, habla con energía. "Muchas mujeres congoleñas son educadas para esperar; esperar la llegada de un marido que lo resolverá todo, que hará todo por nosotras; y nosotras creemos que nuestros problemas han terminado. Pero no es así. Lo he aprendido gracias a mi marido, un hombre que predicaba la paridad y que me abrió grandes puertas en ese aspecto".

Alphonsine se casó libremente con un hombre al que amaba, no fue un matrimonio concertado por la familia. "Mi marido era un intelectual, desde el principio insistió para que participara plenamente en mi propia vida, con mis propias vivencias. Colaborábamos, éramos un equipo y él me pedía siempre que le acompañara a cada ciudad o país en el que iba a trabajar". Fue de esta forma como Alphonsine vivió, entre otros países, en Chad. Durante siete años frecuentó a las mujeres de esos lugares, "eran mujeres de Camerún, Benin, Togo, Nigeria; ellas estaban allí, igual que yo, acompañando a sus maridos, pero cuando hacíamos reuniones, ellas hablaban siempre de sus trabajos, actividades y amigos en común... y yo, no hacía nada. Un día me dijeron: "Alphonsine, hay que hacer algo para tener una vida plena; un día regresarás a tu país y si tu marido no tiene trabajo, ¿qué harás tú? Hay que dejar de quedarse esperando en la casa, tienes que ser capaz de tomar decisiones, porque a veces las cosas no son eternas y no sabes lo que te reserva la vida, sobre todo en un país como el tuyo, en guerra permanente".

Al no poder cursar estudios superiores en Chad, Alphonsine aceptó aprender el oficio de peluquera y esteticista con una amiga chadiense. Durante varios meses fue a la peluquería para aprender. "Mi marido estaba feliz al verme regresar cada día tan contenta, con historias para contarle... nos reíamos mucho en esa época. Pero, además, tenía mi propio dinero para ahorrar y para comprar mis cosas. Me sentía pletórica".

Regreso a RD del Congo: Protección

Alphonsine y su marido regresaron a Butembo en 1997 tras siete años en el extranjero. "Mi marido enviaba CV pero no encontraba trabajo. Entonces, con lo que habíamos ahorrado los dos abrimos una peluquería y fui yo la que mantuvo a la familia durante un tiempo". En ese momento la pareja había adoptado a dos niños, a pesar de las críticas de la familia política de Alphonsine. "No podíamos tener hijos, pero mi marido jamás me hizo un solo reproche y no permitió nunca comentarios o críticas en nuestra presencia".

Finalmente, el marido de Alphonsine encontró un trabajo en el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en Ituri, la provincia oriental, y se fueron de Butembo. "Trabajaba en un campamento de refugiados sudanés y yo me presenté voluntaria para ayudar. Iba a trabajar todos los días y conocía a todo el mundo. El trabajo me gustaba. Y después comenzó la guerra de 1998". También llamada la segunda guerra del Congo o la Primera Guerra Continental Africana, empezó al este del país y duró, formalmente, hasta 2003, con la participación de nueve países africanos y más de 30 grupos armados. "En ese momento todo el mundo empezó a huir porque los ruandeses venían. Teníamos que irnos, como todo el mundo, al bosque. Pero las familias de los refugiados del campamento nos dijeron: "Venid aquí, nosotros os protegeremos, no os buscarán aquí. Y nos quedamos, pasamos cuatro meses con los refugiados sudaneses que no tenían nada, que vivían en la miseria más absoluta, pero que nos ofrecieron todo. Nos salvaron la vida".

Tras cuatro meses, Alphonsine y su familia regresaron a Butembo y de nuevo fue la peluquería la que mantuvo a la familia. "En ese momento descubrimos que mi marido estaba enfermo. Los dos últimos años de su vida los pasamos juntos en la peluquería, él me ayudaba y nosotros escuchábamos las historias de las mujeres, sus vidas a veces duras, los problemas con sus maridos violentos. Me dije a mi misma que un día ayudaría a las mujeres, y sobre todo a las mujeres refugiadas".

La viudez: promoción

Las mujeres de edad media o avanzada que pierden a sus maridos pasan a menudo por períodos de inseguridad, como demuestran las numerosas entrevistas hechas a las mujeres de Kivu Sur: pérdida de las propiedades de la pareja, pérdida de las tierras que impiden tener un trabajo y alimentarse, devolución al país de origen si el marido era policía, soldado o funcionario; todo se debía a la corrupción, la falta de defensas de las mujeres y el carecer de apoyo de las autoridades locales.

Otra de las inseguridades denunciadas a través de SMS que llegan al sistema de Femme au Fone, son las acusaciones de brujería y la posterior justicia popular que va desde al lapidación a la expulsión de la comunidad. Esos SMS hablan siempre de mujeres viudas como las principales víctimas. Tras esas acusaciones hay, en muchas ocasiones, intereses económicos muy claros: quitarles a las mujeres las tierras y propiedades, negar el derecho a la herencia. "Eso está presente casi siempre", asegura Alphonsine. "Incluso si estudiamos, vivimos en el extranjero o hemos evolucionado, a sus ojos seguimos siendo solo mujeres africanas y eso... parece inevitable".

Tras la muerte de su marido, la familia política de Alphonsine quiso reclamar las propiedades de la pareja y dejarla sin nada, argumentando que los bienes habían sido pagados por el marido, y que una vez que había muerto, todo volvía a su familia. "Fue gracias a organizaciones de mujeres con las que trabajaba, y también a los estudios que había comenzado, a mi instrucción, el hecho de conocer mis derechos, por lo que pude luchar hasta ganar ante la justicia, porque la justicia es la solución a las costumbres retrógradas contra las mujeres. Así logre mantener mi casa y mi peluquería. Pero fue muy dura esa época. Tras aquello mi familia política me dio la espalda".

En la actualidad, Alphonsine da clases en el Instituto Superior de Comercio de Butembo (ISC) donde también es la jefa de personal. "Mi marido estaba muerto y me dije a mi misma que debía continuar evolucionando, luchando, y tomando decisiones por mi misma, como él siempre me decía. Por eso retomé mis estudios y hoy, con mi trabajo en el ISC y con mi peluquería puedo ayudar a otras mujeres con microcréditos, para que se desarrollen. No se trata de algo muy grande, ayudo a las que están a mi alrededor y a algunas mujeres refugiadas; en la medida de mis posibilidades también les cuento quién fue mi marido, sus pensamientos respecto a las relaciones en el matrimonio, la igualdad y la paridad en la pareja, lo bueno de la colaboración entre marido y mujer. Es un gran problema que a menudo ocasiona violencia en los hogares".

Alphonsine toma un poco de aire, sonríe y hace una señal para que no deje de grabar la conversación. "Es necesario que las mujeres dejen de tener un espíritu de espera; la mujer debe ocuparse de ella misma y de esta forma liberarse. Ir más allá de los prejuicios, adelantarse. Llamamos a los hombres "papa" y esperamos que todo llegue de ellos, como de nuestro padre, pero ellos son nuestros compañeros. Por eso hay que ser independientes e iguales".